En el principio era el silencio. Y el silencio agitó las hojas de los árboles y crispó la superficie del río. Y los árboles y el río tuvieron voz. El mundo los escuchó. Del silencio nació la voz.
Después del silencio, un hombre y una mujer hablaron. En la noche hablaron. El silencio se entrometía en las pausas, y cada uno escuchaba al otro. El silencio acompañó la escucha.
La mujer escribió la historia que le había contado el hombre. Escribió la historia que había contado ella. Las transformó. Las moldeó. Las creó de nuevo, en el silencio. El silencio le hizo espacio a su obra.
Otra mujer, lejos de allí, contaba historias, cada noche, para mantenerse con vida. El silencio atento de un hombre se llenó de sus palabras. Y las palabras en el silencio la mantuvieron viva.
Un hombre, siglos después, leyó en un viejo libro las historias que durante mil y una noches contó esa mujer. Y escuchó su voz en el silencio de la habitación. La escuchó mientras leía. La lectura y el silencio fueron una sola voz.
En una feria del libro, a 2600 metros de altura, hombres y mujeres, autores y autoras, poetas, cantantes, profesoras, filósofos, toman la palabra para darles voz a los libros que han escrito. Y el público recibe la voz en el silencio de las salas y los salones, del auditorio. Y el silencio en su interior permite leer al otro, comprender al otro. Escucharnos es leernos.
En la noche, un joven lee el libro que su autor favorito le ha firmado esa mañana. Pasa un capítulo tras otro, mientras la ciudad duerme. El amanecer lo encuentra todavía despierto, con el libro en las manos. Escucha la voz del autor en el silencio. Lo escucha mientras lo lee. Lo lee mientras lo escucha.
¡Leer es escucharnos!